Alfredo, así a secas, sin el Di Stéfano de su herencia, era (y es) un orgullo futbolero argentino que tiene marca de prestigio en Europa. Tanto que allá lo identificaron, sin eufemismos, como uno de los cuatro mejores de la historia del fútbol mundial. En Europa, porque en España, en particular, fue para todos los memoriosos y especialistas el mejor de todos. Por encima de monstruos como Maradona, Pelé, Cruyff, Beckenbauer y quien se cuadrara. Se hizo un mito de su brillante paso por Real Madrid en los años 50, especialmente. Un mito enlazado con su realidad de goleador, primero, y de jugador integral, después, de aquel equipo que maravilló con la conquista de cinco Copas de Europa consecutivas. Alfredo era el líder de aquella formación que integraban el húngaro Puskas, el francés Kopa, Rial y el español Gento. Fue un paso glorioso de 396 goles en 308 partidos oficiales. Un pergamino que se extendió por toda su vida posterior en Madrid. Por eso allí nunca se olvidaron de él. Hasta lo nominaron presidente honorario en 2000. Y quedó como emblema definitivo de la Casa Blanca tras 11 años de juego, de goles y de entrega total.

Parecía un cascarrabias, Alfredo, detrás de su voz aguardentosa y esa mezcla -casi ininteligible- de lunfardo y español orillero. Sólo necesitaba ir conociendo al interlocutor para brindarle su calidez. Era un intuitivo. Y usaba frases simples para definir el juego que le dio sentido a su vida. Si en su casa de Madrid hizo construir, en la terraza, el monumento de una pelota con la inscripción “Gracias, vieja”. Simpático, ocurrente, amante de las sobremesas con amigos (sus almuerzos podían durar seis horas), de la buena comida y de las mejores bebidas. Bohemio. Pero siempre en guardia con los desconocidos. Nunca se la creyó. Y disfrutó la vida, Alfredo. Y el fútbol, que hoy llora su despedida, se lo seguirá agradeciendo.

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