Fue muy buena la conferencia de Sabella. Porque en general, no lo son. Entre cumplidos y frases hechas los protagonistas suelen esquivar las polémicas y los temas comprometidos. El técnico no dio lugar a la discusión porque fue muy concreto en sus opiniones. Pero respondió sin tapujos sobre el tema de la semana: los dichos de Messi explicando su diferencia sobre la formación inicial ante Bosnia y su declaración de principios en relación con el sistema de juego que más le gusta. No lo esquivó. Y más allá de los conceptos protocolares sobre Irán, aceptó todos los retos sobre el tema. “No me molestaron para nada sus declaraciones. Si ya las conocía desde antes. Siempre dijo Leo cuál era el sistema que más le gustaba y con qué integrantes. Y esta vez lo reiteró, respetuosamente”. Habló de libertades de opinión en el grupo. De intercambio con los protagonistas (“siempre se aprende, de los dos lados”). Y de su rol de conductor. Sobre la autocrítica que hizo tras el partido inicial, y las críticas consecuentes, dijo algo real. “Si no hay autocrítica, sos testarudo. Y si la hacés, sos un blando”). Es difícil definir las características gestuales de Sabella. Responde sin inquietarse. Con buenas palabras. Desactivó toda posibilidad de roces en el grupo. Una y diez veces. Y dijo que él designa a los jugadores que hablan con la prensa. Y que lo eligió a Messi después de Bosnia. Y dio señales precisas para que se le crea. La expectativa general estaba centrada en su toma de posición en relación con su autoridad. Y lo hizo con su estilo. “El sistema madre es el 4-3-3. Pero si vemos la necesidad de cambiarlo, ocasionalmente, lo haremos. Al costo de una equivocación”. Quiso quedar al margen, con elegancia, de la situación que se plantearía en una instancia decisiva, ante un rival importante, entre su determinación y el gusto de Messi. Pero dio señales claras de que él tomará las decisiones. Sin alardes. Y está bien, para la salud del grupo. Sabella tiene la capacidad suficiente para distinguir entre necesidades y conveniencias. Y sabe cuánto vale el convencimiento si la comodidad de los protagonistas está asegurada. Salió airoso en la charla. La reválida de su autoridad plena queda en sus manos.

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