Horacio Pagani es uno de los personajes más divertidos que he conocido. E incluyo
entre los conocidos a Charles Chaplin, Marcel Marceau y el Demonio de Tasmania.
Espero que esta distinción que me brinda ahora dándome la oportunidad de escribir el
prólogo de su libro, me abra las puertas de escribir yo, el día de mañana su biografía no
autorizada.
Deben saber ustedes, amigos lectores, que, durante todo el campeonato mundial de
Estados Unidos, las eliminatorias del Mundial de Francia, y parte de las eliminatorias
para viajar a Japón, fui el compañero de habitación de Horacio en todos los hoteles
donde nos ha tocado parar. Creo que, con tan solo una décima parte de las anécdotas
que hemos vivido con el autor de este libro, se conseguiría una obra absolutamente
trepidante y conmovedora. Con apenas un mínimo porcentaje de los relatos con que
Horacio nos ha hecho descomponer de risa, ya sea en innumerables cenas compartidas
con alargadas sobremesas, o multitudinarios traslados en combi yendo o volviendo de
los estadios, se configuraría una formidable crónica de viajes, equivocaciones, torpezas
insólitas, aciertos, encuentros y desencuentros, narraciones sobre sexo alocado y
diálogos memorables. El grado de fervor, calentura y apasionamiento que motoriza el
accionar de Pagani no se trasluce, extrañamente, en sus artículos para el diario. Por el
contrario, tal vez conociendo su tendencia a la desmesura, Horacio el escribir, sin dejar
de ser punzante, jugado y claro defensor de un estilo de fútbol, luce medido y pulcro,
elegante incluso en su discurso. Pero ahora que la televisión lo ha descubierto y, más
elocuentemente, a través de su aporte en la radio, los amigos recuperamos una visión
más cercana y carnal del periodista ansioso y visceral que es Horacio. Con sus bufidos
de bronca cuando se topa con los representantes del Mal, con el color rojo que le va
invadiendo la cara cuando advierte que alguien no entiende sus argumentos, con su
restregarse permanente de la barba y los bramidos guturales que respaldan una vos
áspera y cavernosa, Horacio es el mismo de tantas y tantas madrugadas de discusiones
encarnizadas sobre si es mejor la línea de tres o la de cuatro, o el de los fulmíneos y
pasajeros enfados con compañeros de trabajo y amigos queridos que se han atrevido a
dudar sobre la capacidad de Riquelme.
Es de celebrar que, en una época de opiniones light y declaraciones “políticamente
correctas”, de entusiasmos atemperados y bebidas ligeramente tibias, se puedan
encontrar amigos como Pagani. Porque en el mismo paquete de la vibración, de la
excitación y aun, hasta de cierto dogmatismo futbolístico, viene un elevadísimo grado
de lealtad al amigo, de genuino buen corazón, de voluntad incondicional para ofrecer
una ayuda. Representa Pagani a un tipo de periodista que, tal vez, lamentablemente, va
desapareciendo. Es el que ama profundamente su profesión. El que cumple a rajatabla
con sus compromisos periodísticos, el que se hizo un poco de oído, leyendo y
admirando a otros periodistas, viejos maestros, y el que, de la misma forma, goza con la
bohemia de la sobremesa trasnochada. El que, con el mismo frenesí se zambulle en las
charlas sobre box o sobre fútbol o sobre minas, se pone de pie para recitar, a pedido de
la audiencia, las glosas iniciales del tango La Cumparsita o su éxito mayor, “El sueño
del pibe”.
Este libro viene siendo anunciado desde el comienzo de los tiempos, como “El
Evangelio según Poncio Pilatos”, “El código Da Vinci” o cualquier otro trabajo que
pueda gestar una iluminación definitiva. Tronante, Horacio, nos viene alertando desde el siglo pasado: “Escribiré mi libro”, ante la progresiva desconfianza de sus compañeros y
admiradores.
En esta obra se encontrará, supongo, toda la variada gama de amores y desamores de
Horacio Pagani. Y digo “supongo” porque, como era de esperar, dada la torrencial
personalidad de su autor, me fue encargado el prólogo sin haber tenido tiempo de leer el
libro. Por supuesto con solo conocer a Horacio me basta y me sobra. Encontraremos, en
este volumen, entonces, a los personajes que encarnan sobradamente el fútbol que
enamora a Pagani. Aquí estarán, por supuesto, el Flaco Menotti, el Cabezón Sivori,
Alfredo Di Stéfano, Daniel Passarella, el Coco Basile y Mostaza Merlo, compañeros
puntuales del boliche La Raya algunos de ellos. Otros, representantes de una especie de
porteño que parece ir diluyéndose en la modernidad y la globalización. El porteño
devoto de la noche, el box, el fútbol, el tango, los burros, el faso y el escolaso. También
aparecerá, me imagino el doctor Bilardo, enemigo natural de Pagani.
Muchas de las tantas noches con colegas, luego de los partidos, bastante después de que
Pagani hubiera dicho “Lo importante es tranquilizarse”, y algo antes de que nos hubiera
indicado “ Nos vamos, nos vamos, nos vamos”, urgido por un repentino desasosiego,
Horacio –trenzado en una discusión mortal con algún atrevido que osaba defender la
posibilidad de que un arquero ejecutara un tiro libre- me llamaba y me decía, con gesto
de absoluto cansancio, “mirame los brazos, mirame los brazos”, yo lo miraba y el tenia
los brazos colgando como piolines a lo largo del torso, las manos laxas y los hombros
caídos.
-Bajé los brazos, Negro –resoplaba-. Bajé los brazos. No puedo seguir discutiendo con
estos ignorantes.
Todos nos reíamos. Porque sabíamos que poco después Horacio iba a estar enfrascado
en una nueva pelea, en otra discusión, en otra cuestión de principios, defendiendo un
fútbol definitivamente argentino, de habilidad de orgullo y talento. Por eso, a los que
nos gusta ese mismo fútbol, aquel al que apuesta a la emoción y al deleite, nos
ponemos de pie y reclamamos: “No bajés los brazos, Horacio, no bajés los brazos”.

Comparte este enlace:
  • Print
  • Facebook
  • Twitter