A veces, la antigua bohemia de las noches largas producen efectos mágicos. Descubrimos una vez, por los 80, con Juan de Biase, mi jefe de entonces de la sección Deportes de Clarín, un restaurante un poquito alejado del circuito central de la calle Corrientes de Callao al Obelisco. Pichuco se llamaba. Pronto nos informaron que era propiedad de Horacio Ferrer en sociedad con Antonio Carrizo. Estaba en Talcahuano, pasando Perón (ex Cangallo). Tenía aspecto parisino, austero, y un piano tentador esperando a los entendidos para que lo acariciaran. No le creímos demasiado al informante. Pero empezamos a frecuentarlo. Hasta que una noche llegó Horacio acompañado por Lulú, su compañera. Y nos invitó a su mesa. Un tipo capaz de escribir “Chiquilín, dame un ramo de vos así salgo a vender mis vergüenzas en flor” se atrevió a decirnos que admiraba nuestro oficio de cronistas deportivos. Y nos envidiaba write my essay. Nos reímos. Parecía que lo decía en serio. Y entramos en una tertulia inolvidable de tangos, fútbol, poemas, Troilo, Montevideo, Piazzolla, Huracán, con un sabio rioplatense, de la literatura y de la vida. Hasta que percibimos que el “fulero” (el sol), como decía Adolfo Pedernera, ya brillaba afuera. Se puso una boina negra, saludó con afecto tanguero, la tomó del hombro a Lulú y partió hacia la puerta. Lo esperaba un pequeño auto convertible. Se fue agitando su mano en alto en la despedida.

Muchas veces nos encontramos después. Allí mismo. O en otros eventos. Tenía el honor de que me dijera “tocayo” cuando me veía. Y cambiábamos siempre algunas frases futboleras y tangueras. En una ocasión, en la Feria del Libro, en la Rural, compartimos un panel presentado por el club Huracán. “Soy quemero por decisión tanguera”, decía. Recitó aquella noche la Balada para un loco con la pulcritud y la emoción de un exquisito. Lo volví a ver hace poco tiempo en un restaurante. Algo desmejorado. Pero tan señorial y cordial como siempre. “Hola tocayo”, me dijo.

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