08/05/13
Tan al revés quedó el fútbol argentino que, de pronto, los jugadores tienen que calmar (?) un incidente entre un árbitro y un entrenador. El Tata Gerardo Martino, exaltado, le reclamaba al árbitro Juan Pablo Pompei que Arsenal hacía tiempo, desde un costado de la cancha. El referí partió raudo hacia el lugar y le pegó un empujón inédito al técnico. Debieron terciar, entonces, los jugadores de Newell’s para separarlos y evitar que la pelea tomara contornos irrecuperables. Ocurrió en la cancha de Arsenal el lunes por la noche. Los dos pidieron disculpas después del partido, aunque el papelón ya estuviera registrado. Es curioso el caso de Martino, un tipo cordial, mesurado, inteligente fuera de la cancha. Que tuvo el gesto sentimental de volver al club de sus amores en un momento de profunda crisis futbolera para ponerlo de pie, sacarlo de la zona peligrosa de los promedios, y, además -está a la vista de todos, ahora- dotarlo de una seguridad y de un juego colectivo que, con el aporte de individualidades aptas y comprometidas en el proyecto, lo definen como el de mejor imagen de la actualidad. Perdió Newell’s el partido con Arsenal por dos soberbios golazos de Darío Benedetto, un “cañonero” del Siglo XXI. Sin embargo, dio una demostración de belleza futbolera y no tuvo eficacia por los remates en los postes y la seguridad de Campestrini.

Ver el juego de su equipo da placer, pero Martino lo vive casi siempre con enorme tensión. Parece otra persona cuando está en funciones en los partidos. Discute todas las jugadas posibles. Camina, gesticula, reclama. Esta vez la reacción de Pompei fue impensada y casi termina mal. Pero después aparece “el otro” Martino. Sincero, autocrítico, arrepentido, que explica con claridad e imparcialidad el juego y hasta sus propios excesos. Y reconoce: “Es cierto, me predispongo mal cuando el que dirige es Pompei”. La gente de Newell´s lo ama tanto a él como él ama al club. Y el fútbol argentino necesita entrenadores como Martino. Porque sabe explicar el mensaje del buen juego como vehículo hacia la victoria. Y lo desdramatiza adentro. Aunque desde afuera muestre los dientes. Después se calma. Y vale la pena escucharlo.

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