22/04/13
No sale Boca de su ostracismo futbolero. No sale. Ni en su propia cancha. Pero esta vez tuvo atenuantes su actuación frente al conservador Belgrano. Porque era válido el gol de Blandi a los 2 minutos de juego que pudo haber cambiado el curso del desarrollo. Una buena combinación de Riquelme con Blandi terminó con una infracción sobre el delantero muy cerca de la línea del área. Hubo toques Román-Erviti-Román en la ejecución y el derechazo combado del 10 pegó en el palo derecho. Blandi conectó el rebote, sin precisión, pero la pelota pasó la línea de gol. Nítidamente.

Desde adentro rechazó Lollo. Pero el asistente Ernesto Uziga corrió hacia el banderín para marcar tiro de esquina. El árbitro Pompei aceptó su indicación. Y el partido siguió 0 a 0. Aunque, en realidad, hubo dos partidos.

Uno hasta los 29 minutos en el que Riquelme estuvo en la cancha y marcó las tiempos y las pausas de un equipo con leve recuperación. En realidad, las jugadas y las intenciones partían de sus pies. Pero sin correspondencias suficientes. Porque no se acoplaban ni Erviti ni Pol Fernández para armar circuitos. Blandi quedaba aislado y Martínez no se abría para buscar el desborde. El chico Bravo se quedaba con la responsabilidad de interrumpir y asistir. La supuesta mejora en el funcionamiento tenía que ver con la actitud timorata de Belgrano, resignado a aguantar en su campo para apostar a algún contraataque fortuito . Entonces Boca usaba la pelota. A veces, bien; a veces, mal. Según interviniera Riquelme o no.

Pero imprevistamente Román se fue a los 29 (con un desgarro, se confirmó luego) y entró Sánchez Miño en su reemplazo.

Un silencio casi angustioso envolvió al estadio.

Por la incertidumbre. Por la cercanía del partido con Corinthians por la Copa y el clásico con River, cuatro días después.

Entonces, Boca pasó a jugar con cuatro volantes y dos puntas. Sanchez Miño, volcado a la izquierda (Erviti pasó a hacer tándem con Bravo) demoró un rato en amigarse con la pelota. En el otro sector, Fernández seguía enemistado con ese balón esquivo que empezó a languidecer de un lado para otro.

A poco de iniciado el segundo tiempo Magallán entró por Caruzzo, lesionado. Y el encuentro tomó un cariz definido: Boca en la búsqueda y Belgrano en la espera. Con Zapata y Farré apretados contra su última línea para salir con criterio, pero sin grandes ambiciones.

Lentamente, el campo se fue inclinando hacia el arco de Olave. El arquero desvió muy bien un cabezazo de Erviti y Magallán falló en otro desde cerca. Cuando Escalante suplió a Erviti, también lesionado (la lista es cada vez más amplia) quedaron en la cancha siete jugadores de la cantera.

Y estaban en el banco Castillo y Palacios. Fue como si -de pronto y sin habérselo propuesto ya- Carlos Bianchi hubiera empezado a fabricar la renovación imprescindible para el próximo semestre. Con el torneo terminado a nueve fechas del final y aun con la disputa de la Libertadores en curso.

Y el equipo pareció refrescarse en los minutos finales ante un adversario casi inmóvil. Jugando por afuera, con la subida de los dos laterales (Marín y Zárate), novedades interesantes para puestos en remate (como alguna vez definió Bianchi). Y se dieron algunas situaciones. Comandadas por el manejo de Sánchez Miño y por algunas apariciones de Martínez, a veces golpeado y otras fingiendo, nunca reconocido por Pompei. Pero hubo una que mereció ser gol y que Fernández desperdició. La aguantó el Burrito esperando su llegada por la derecha. Y se la dio justita. Entró solo con el arco de frente.

Y la tiró afuera.

Era la victoria merecida que no fue. Y que casi se transforma en derrota al final. Porque un contraataque funcionó. Y Carranza lo tuvo a tiro. La gran intervención de Orión evitó la caída.

Boca sigue en su ostracismo. Mejoró levemente. Pero se lesionó Román. Y las sombras se agrandan hacia el futuro inmediato.

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